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02.06.2026

Nuestra historia

Nuestra historia

Me llamo Oksana y llevo más de veinte años viviendo en España.

La vida quiso que varias de mis amigas tuvieran que enfrentarse a una de las palabras que despierta más miedo y que puede dejar a cualquiera sin aliento: el cáncer.

Gracias a Dios, al trabajo extraordinario de los médicos y a la medicina española, todas ellas lograron superar la enfermedad. Hoy continúan disfrutando plenamente de la vida: viajan, han formado una familia, se dedican a lo que les apasiona y algunas incluso han convertido su propia experiencia en una vocación para ayudar a otras personas a recorrer ese difícil camino hacia la recuperación.

Cuando cada una de ellas recibió aquella noticia que parece detener el tiempo, cuando el corazón se encoge y el futuro deja de existir por un instante, yo estuve a su lado. También durante los interminables meses de pruebas, tratamientos, consultas y hospitalizaciones, intenté acompañarlas de la mejor manera que sabía.

Y de toda esa experiencia aprendí algo muy importante: en esos momentos, lo que más necesita una persona es sentirse acompañada.

No soy médica, y mucho menos puedo hacer milagros. No podía curarlas, pero sí podía esperarlas a la salida de la consulta y decirles algo tan sencillo como:

— ¿Vamos a tomar un café?

— ¿Te apetece dar un paseo junto al mar?

— ¿Y si caminamos un rato por el parque?

Las palabras como tal no eran lo importante. Lo verdaderamente relevante era conseguir, aunque solo fuera durante unos minutos, sacar a esa persona del miedo y de la desesperación.

Y después llegaba otra frase.

— ¿Y si este verano nos escapamos a…?

No importaba si era a una playa que estaba a dos paradas de casa o a un país al otro lado del mundo.

Lo importante era que, en ese instante, sus ojos cambiaban.

Volvía a aparecer la ilusión.

Porque significaba que sí, habría un verano; habría un viaje, quizá incluso una aventura.

Pero, sobre todo, habría un futuro. Y mientras haya un futuro, hay vida.

Esa esperanza les daba fuerzas para seguir luchando, para levantarse cada día y continuar.

Y finalmente… vencer.

Mientras esperaba durante horas en los hospitales, veía también el sufrimiento de muchas otras personas que atravesaban la misma enfermedad. Lo más difícil era mirar a los niños y a sus padres.

No podía dejar de preguntarme:

«¿Por qué ellos? ¿Y qué puedo hacer para ayudar?»

Pasó el tiempo, pero esa pregunta nunca dejó de acompañarme.

Hasta que un día comprendí que sí era posible ayudar.

Y, sobre todo, que era necesario hacerlo.

Entonces aparecieron personas que compartían la misma manera de entender la vida y nació el corazón de este proyecto.


Anastasia, nuestra responsable de acompañamiento, recorrió ese camino difícil y consiguió superar la enfermedad.

Desde hace muchos años acompaña a pacientes oncológicos, ayudándoles a organizar todo el proceso asistencial: la obtención de una segunda opinión médica, la planificación del viaje, la hospitalización, la coordinación con el equipo médico y el acompañamiento durante las distintas etapas del tratamiento.

Su misión es hacer que el recorrido por el sistema sanitario sea más sencillo, más comprensible y, sobre todo, más humano.

Anna, nuestra coordinadora, se ocupa de todo aquello que no está directamente relacionado con el tratamiento, pero que resulta esencial para que una persona se sienta tranquila cuando llega a un país desconocido.

Gracias a su empatía, su sensibilidad y su capacidad para conectar con personas de diferentes culturas, consigue que cada paciente y su familia se sientan acompañados, seguros y cuidados tanto dentro como fuera del hospital.

Así nació un proyecto basado en la cercanía, la confianza y el compromiso con cada paciente.

Así nació MEDCARE Iberia.

Un centro en España creado para ofrecer una oportunidad real a las personas que deben enfrentarse a esta enfermedad.

Para nosotros, cada paciente es mucho más que un diagnóstico.

Es una persona con una historia, una familia, sueños, proyectos y un futuro que merece seguir escribiéndose.

Porque, al final, nuestro mayor objetivo no es solo acompañar a las personas durante su tratamiento.

Es ayudarles a recuperar la esperanza, volver a hacer planes y recordar que, incluso en los momentos más difíciles, siempre puede haber un mañana.

Si conseguimos aportar un poco de luz en ese camino, devolver la ilusión o ayudar a salvar una vida, sabremos que todo este esfuerzo ha merecido la pena.

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